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lunes, 14 de marzo de 2016

¿Adónde te escondiste SEÑOR cuando te robaron tu asiento?

Ayer, Domingo día 13 de marzo de 2016, disfrutaba de un maravilloso estanque temporal de meditación que el mismo Dios tuvo a bien regalarme.Después de la oración y meditación de la liturgia de las horas  me puse a releer el libro de las moradas de Santa Teresa. Cada vez ahondando un poquito  más. No hay ni un sólo momento de su lectura que no me lleve al gozo irrefrenable de un hallazgo nuevo. Enjundiosos hallazgos entre las líneas plasmadas con tanto rigor que, por medio de la vida y la mano de la santa, Dios quiso regalar a esta humanidad doliente.
Comparaba la Santa nuestra alma con un castillo todo él de diamante o  de muy claro cristal en el que hay muchas estancias o aposentos. Es en el centro dónde está la principal, es allí donde ocurren las cosas de mucho secreto entre Dios y el alma.

Intentaba yo imaginar cómo sería este ejemplo de Santa Teresa llevado a mi vida. ¿En qué estancia estaría mi alma? Mi anhelo era alargar el deleite de sentirme una con Dios, es decir, de acercarme al centro a donde mora Dios. Y para más alargar dicho instante querría morar  en la zona de extramuros del castillo así pregustaría yo el momento deleitoso del encuentro, sabiéndome ya encaminada al mismo Dios. Qué potencia el ver muy de lejos al amado, a veces es tan enorme el sentir, que parece que la venas se abren por la presión de la sangre que corre más que yo para así, la sangre misma, revestirse de esa luz inefable trascendiendo su original rojo color. Gracias daré siempre a mi Dios por esas experiencias que no sé si reales o, con deseo creativo, imaginadas Él me regala haciéndome desear la fusión con esa llama que arde en mi interior….. Aún tienes mucho que quemar, me susurra el buen Dios, antes de la eterna fusión.
Tiempo después me llega la noticia de un hecho acaecido en nuestra diócesis.
Robaron  de un altar  una custodia con el Señor manifiesto. La custodia estaba adornada con perlas y no sé si algunas otras piedras preciosas. Las almas que aman a Dios quieren regalarle lo mejor y, allí estaba nuestro Dios, resplandeciendo para los ojos que le miran con fe más que el mayor de los diamantes con los que hubiéramos querido ornarle.

Devolvieron más tarde la custodia, faltaban perlas, alguien las arrancó supongo que para sacar provecho material de ellas. Pero justo en el centro, en el centro y mitad, como un rato antes había orado con Santa Teresa, faltaba la principal, la misma que hace que las más bellas y perfectas piedras forjadas en las entrañas de la tierra durante millones de años, a su lado languidezcan, tornándose  carbón apagado que sólo sirve para tiznar.
Sufría yo pensando, ¿a dónde te llevaron, Dios? ¿ Que hicieron contigo, mi amado Señor?. Tú que, como en el alma, estabas en el centro y mitad de la custodia, Tú que sólo te muestras ante los ojos en los que un día pusiste dos gotas de fe.
Parece que mi alma quería sufrir pensando en.… ¿ qué ? ¿cómo? De pronto Dios me susurró:  No sufras. Aprende de esto…aprende de todo… ama sin medida… porque mi Padre nunca permite que yo el CRISTO EUCARISTÍA, sea arrastrado por los cienos psicológicos, materiales o temporales de nadie que pretenda hacerlo. Llegado ese negro momento  mi PADRE alarga su mano y, como aquel día del calvario, me saca del lugar y me lleva a aquella otra custodia, a aquel otro sagrario ante el cual los ojos de fe del alma sedienta de Dios se postra de rodillas dejándose  abrazar por mí. 
Y recibe de esta manera la  energía de Dios esa misma energía que hasta el más espeso fango transformará en estanque de Amor.





















Purificación García

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